lunes, 28 de noviembre de 2011








Durante el mes de noviembre, del día 7 al 11, el Proyecto Cultural Comunitario "Soneros del Tesechoacán", a propuesta de la Secretaría de Educación del Estado y la Universidad Veracruzana, realizaron una serie de 8 conciertos didácticos en las escuelas primarias y secundarias de la cabecera municipal y 2 más en las primarias de La Candelaria y Miguel López.

Estas presentaciones llevan no sólo la música a los niños y jóvenes, si no que se aprovecha la ocasión y se les platica de manera amena un poco acerca de la historia del son jarocho, su importancia como música y manera de vida. También se invita a la participación activa mediante el baile, el canto o la ejecución de un instrumento y, por último, se invita a los niños a participar en los talleres gratuitos que permanentemente desarrolla el proyecto en diversas comunidades.

Como proyecto le agradecemos mucho a las escuelas locales, a sus Directores y Maestros el apoyo dado a esta actividad y, sobre todo, los invitamos a que continúen esta labor de acercar a los niños a las manifestaciones de su cultura tradicional local.

viernes, 3 de junio de 2011


Talleres de Radio en Playa Vicente, Ver.


El fin de semana del 15 al 17 de abril se impartió en Playa Vicente el Primer Taller de Creación de Radio Comunitaria y Participativa, el cual fue coordinado por Loreto Bravo y Griselda “La More”, radialistas especializadas en esta actividad. A este primer taller asistieron cerca de 12 personas de distintas partes del municipio que se mostraron interesadas y comprometidas en el conocimiento de la actividad radiofónica. Se impartió en la casa de los Soneros del Tesechoacán, en la calle Hidalgo 538 del barrio de La Florida en esta localidad.

El principal objetivo de este taller fue aprender lo que es una radio en el amplio sentido de su término, no solo como un aparato que trasmite ondas hertzianas, sino que es un importante elemento de cohesión comunal pero que al mismo tiempo puede ser lo contrario, un separador. La importancia de la radio como un medio de comunicación, no solo de información, sino de esta comunicación completa donde uno habla (emite), otro escucha (recepta) y luego se cambian los papeles, el receptor ahora emite y el emisor recepta.

Se aprendió que existen distintos tipos de radios: las comerciales, las comunitarias, las participativas, etc. Las comerciales son las que todos conocemos y son hechas en su mayoría por grandes consorcios informativos que acomodan la información a su conveniencia, y que se mantienen de anuncios comerciales de otras grandes empresas que pueden pagar los anuncios en las radios. Pasan la música que ellos imponen que esté de moda, generalmente porque tuvieron algún convenio con los grupos que las tocan, pero no solo imponen la música, también la forma de hablar.

Los otros tipos de radio que existen son poco conocidos ya que son censuradas por no estar de acuerdo con lo que venden las radios comerciales. Son radios en las que la comunidad participa, no solo oyendo la radio, sino opinando a cerca de lo que pasa y de lo que quiere que pase con la radio y con su comunidad en general. Son radios que no se mantienen de anuncios comerciales de grandes empresas multinacionales, si a caso se pasan comerciales son sobre la tienda de la esquina o de las cosas que se fabrican localmente. Es radio donde pasan distintos géneros musicales y que tiene la función de informar sobre cosas que afecten directamente a la sociedad a la que sirve.

En este taller se hicieron algunos ejercicios, como el de ir por la calles con grabadoras para hacer entrevistas cortas a algunas personas a cerca de lo que opinaban de la creación de una radio comunitaria y sobre las cosas que les gustaría oír. Las respuestas de la gente fueron muy positivas y de las sugerencias que dieron, de los programas o la música que les gustaría escuchar, se hicieron una serie de producciones con las cuales se aprendió a editar programas radiofónicos. Este taller solo fue la primera prueba, falta mucho que aprender y falta mucha gente por sumarse a la creación de una radio para los ciudadanos. Los estaremos invitando.



Texto: Patricia Barradas /Foto: Adrián Luna

viernes, 27 de mayo de 2011

Fandango en San Jerónimo




La luna sale a las 11 de la noche en San Jerónimo, arriba de los sauces del río se asoma como con pena, roja toda ella, y mira sorprendida la tierra polvorienta y el río que agoniza en su cauce, olvidado de la gente. Abajo, sin embargo algo sucede: a medio patio, entre casas de palma y arboles de pioche, muchos se arremolinan alrededor de una tarima y un sonido antiguo brota de las manos jóvenes ¡hay fandango con los Regalado!

Sorprendida recuerda aquellas lejanas noches, de cuando la finca “Almendra” era la reina de la zona y la gente sembraba tabaco en las orillas de la selva, pegaditas al río las parcelas. ¡Era de verse aquello! Gente a caballo entrando al rancho, del rumbo de Oro Verde llegaban al pueblo los músicos, de la Esperanza, de Los Planes y hasta de Playa venían algunos otros. El requinto de Juan “Chiquito” atronaba la noche y las jaranas de los Regalado llenaban de acordes el viento. Los Tadeo de la Gloria habían invitado esa ocasión a su primo “El Negro”, muchacho entonces, que decían era buen cantador y bailador, que había llegado por la tarde a lomo de su caballo.

Eran otros tiempos aquellos, piensa la luna, sin embargo ahí siguen abajo algunos necios, junto con los que quedan de antes. Ahí están Félix y Juanillo todavía, pero ahora ya no está Juan “Chiquito”, ahora son chamacos, chamacos cualquiera, vestidos como se visten ahora, pero tocando y bailando como se tocaba ayer, bajo la severa mirada de sus mayores que desde sus asientos dirigen y cuando es necesario, se levantan y dan ordenes que se obedecen sin preguntar, seguros quienes atienden que el que habla sabe y sabe mucho.

Los de abajo casi no tienen tiempo de ver a la luna, su mirada siempre busca más bien al que tiene enfrente, se hablan en el silencio que impone la música al que la ejecuta y, por no dejar el diálogo, lanzan el verso al viento para ver quién le contesta. Siempre encuentran respuesta. Palabras que se entrecruzan, rasgueos que se acompañan con el pespuntear de la guitarra, piernas y cuerpos que sudan el baile en la calurosa noche, miradas, sobre todo miradas. Miradas de jóvenes que sueñan con la energía que da tener pocos años y miradas de hombres que sueñan con la tranquilidad que da tener muchos años.

La luna transita la noche con un rebaño de estrellas, abajo las cosas bellas pasan muy cerca del pioche, y en medio de aquel derroche de versos encabalgados, vuelan lo sueños alados e inundan el caserío, como cuando crece el río y deja el pueblo anegado. En casa de Regalado vuelve a palpitar la vida, la música es la medida que todos han anotado, es el cantar del tablado o la música de antaño, es el venir cada año para celebrar la alegría de que exista todavía el río donde me baño.

Es la una de la mañana ya, rumbo a la Jimba la luna sigue su camino de estrellas y los gallos le dan serenata. La música para por hoy, descansa un rato de tanto que pesan los recuerdos y se guarda para mañana, los jóvenes –niños algunos todavía- se acuestan a intentar dormir en medio de su misma algarabía. De lejos se oyen sus voces, sus risas, sus cantos. Duerme San jerónimo bañado por la luz de la luna que, aún no lo sabe, volverá mañana a encontrase con su recuerdo a la misma hora que hoy, las 11 de la noche, cuando el huapango nos recuerde que a pesar de todo, seguimos vivos y contentos los jarochos.

jueves, 26 de mayo de 2011

DIALOGOS CON NUESTRA TRADICION




En días pasados estuvimos en San Jerónimo, Veracruz, en el Municipio de José Azueta. Del 18 al 22 de mayo realizamos una convivencia entre dos músicos mayores, Don Félix y Don Juan Regalado Díaz (83 y 81 años, respectivamente) y 35 jóvenes y niños que participan en talleres de aprendizaje de Son en las comunidades de Miguel López, La Candelaria y Playa Vicente, así como con muchachos de los talleres de Mazoco e Isla.

Esta convivencia tuvo como objetivo el acercar a los muchachos a los portadores de nuestra tradición, en este caso los Hermanos Regalado Díaz, para que conozcan de viva voz como, a través del tiempo, hombres sencillos como estos hermanos, han podido conservar para que nosotros la disfrutemos, la música, el verso y lso bailes tradicionales. Además, la idea nos llevaba también a conocer la vida de estos músicos, su infancia de campesinos, los juegos que practicaban de niños, el recuerdo que tiene de sus padres y un largo etcétera de vivencias que, entre divertidas y tristes, nos ayuden a formarnos una idea de lo que realmente es esta cultura.


Durante 4 días y 4 noches, los muchachos convivieron entre ellos y, sobre todo, ayudaron a que la población vea y reconozca el valor que estos hombres tienen para su historia comunal. Fueron días de calor intenso, de polvo en medio de potreros a los que se han talado los árboles para introducir vacas que mueren de hambre buscando sombra y agua, desesperadas. Fueron también días de una intensa relación con la gente del lugar que, amable, nos regalaba agua, plátanos machos o frijoles, para apoyarnos en al comida; fueron días también dónde todas las casas se nos ofrecían para pasar un rato, para bañarnos o, simplemente, para saludar.


Para realizar este encuentro fué invaluable el esfuerzo de Octavio Rebolledo, músico e investigador, que con apoyo de la Universidad Veracruzana organizó y auspició todas las actividades realizadas. Estos talleres son, como dice el título, un Diálogo con nuestra historia como pueblos, a través de las voces de Hombres que la han vivido y la recuredan para compartirla.

Agradecemos mucho a los Hermanos Regalado Díaz y al Pueblo de San Jerónimo, que amablemente nos recibieron, y también a los músicos de otros pueblos que el sábado de fandango, se acercaron a estar con nosotros: Don Higinio Tadeo Balderas "El Negro", Don Quintiliano Durán Bautista "Quinto", Don Macario Alfonso "La Perra", Don Delfino Cook "Tío Delfa" y Víctor García Junco.

sábado, 12 de marzo de 2011

Talleres de Son.

La recuperación de nuestra música tradicional no hubiera sido posible sin la existencia de los Talleres de Son Jarocho, que desde el año de 2002 comienzan a ser impulsados por el Proyecto Cultural Comunitario “Soneros del Tesechoacán”, primero en la comunidad de Miguel López y hoy en día en la Colonia Lealtad de Muñoz y la cabecera municipal.

Estos talleres, que se mezclan con la enseñanza de otras artes –pintura, escritura, y teatro- tienen como objetivo el desarrollar en los niños el gusto no sólo por su tradición, sino también el reconocimiento de otras artes y la conciencia del respeto al medio ambiente.

Una característica más es su carácter gratuito para quienes asisten a ellos, con excepción de los talleres en comunidad dónde se pide una cooperación para traslado de instructores.

Te invitamos a que participes en ellos o mandes a tus hijos, en los siguientes horarios:

Playa Vicente: Martes y Jueves, de 4 a 6 de la tarde –Calle Hidalgo, casi esq. Juan de la Luz Enríquez- Casa de Arturo Barradas.

En Miguel López: Sábados de 4 a 6 de la tarde –Centro Cultural Comunitario “El Mulato”- Calle Rivera del Río.

En Lealtad de Muñoz: Miércoles y Viernes, de 4 a 6 de la tarde. –Kiosko del parque central de la Colonia.

Foto: Andrea Zuin/ Fandango en "EL Mulato", Miguel López, Ver.


Un proyecto que nació de un sueño.


El proyecto de Andrea Zuin El camino de la música –explicó en entrevista– tiene como cinco o seis años. “Es muy curioso lo que me pasó. Estaba haciendo un viaje en Latinoamérica, simplemente un viaje, no de investigación, y tuve un problema de pasaporte, entonces me fui como clandestino a Paraguay. Unos amigos me refugiaron, porque tenía que resolver el problema de papeles, en una estancia en El Chaco, una zona entre Paraguay, Bolivia y Argentina, una jungla muy grande.”

En esa estancia, “había una comunidad de indígenas guaraní. Pasé cinco días ahí y cuando me fui de regreso a la capital de Paraguay, Asunción, dormí en el viaje y soñé que yo grababa a esta tribu guaraní.”

Cuando despertó “aprendí lo que tenía que hacer de grande”. Ahora Andrea Zuin está haciendo lo que soñó: “grabar la música que encuentro en mi viaje.”

Además de ser músico él mismo, es graduado en etnomusicología, pero este trabajo “no es una cosa científica, porque hay mucha gente que lo hace de manera científica, para universidades, para graduarse, para hacer investigación, yo hago un trabajo más cercano al reportaje, al periodismo.”

Lo que al entrevistado le interesa “es conocer a los pueblos a través de su música, porque estoy convencido que la música es un hecho mucho más social que estético. Y yo que soy músico, porque siempre he tocado la guitarra y nací como músico, para mí el código o el diccionario que más entiendo para conocer es la música. Si fuera cocinero me iría por el mundo documentando cómo se hace la comida, para conocer el pueblo que hace la comida, porque los productos salen de la tierra donde está el pueblo, así como la música: La música sale de la tierra, de la mezcla que los que pasaron en un tal lugar, o sea, es la cédula de identidad del pueblo que encuentro en mi viaje.” Por ello está “más interesado en la gente que toca que en la música”.


Ahora Andrea Zuin está en Veracruz para conocer el son jarocho. En Xalapa está haciendo los contactos con músicos. “El sábado viajo por la costa donde nació el son jarocho, me voy por Playa Vicente y por las comunidades que lo tocan diariamente.”

En su espectáculo, sostiene que “la música no es un lenguaje universal. Es muy peligroso decirlo, pero en mi experiencia, he grabado mucha música diferente, incluso en Italia, y me parecía un poco como ser extranjero en mi país. Hablamos de culturas tradicionales, muchas veces atadas a territorios muy pequeños, con una historia, un dialecto, una costumbre, una comida, muchas cosas muy particulares y de un valor muy grande, que yo no conozco. Si yo no conozco este valor e historia, no puedo comprender este lenguaje.”
Puede ocurrir que no nos guste una música que para la gente es la expresión más grande de su cultura. “La música no siempre es un lenguaje universal. Nosotros estamos acostumbrados a un tipo de música, occidental, o lo que pasa por todo el mundo, podemos hablar de universales, de la música clásica, de Beethoven, pero no es así: es mucho más profundo el sentido de universal.”
Para el entrevistado, “lo que es universal es el milagro que la música crea”.


Foto: Andrea Zuin/ Músico italiano, que recientemente nos visitó.

Fragmento de entrevista tomado de:

http://zapateando2.wordpress.com/2011/02/16/conocer-a-los-pueblos-a-traves-de-su-musica-el-camino-de-la-musica/


La Bamba, a scuola con Los Soneros de Tesechoacán www.elcaminodelamusica...

El Alma del Fandango - www.elcaminodelamusica.com

La UNAM difunde nuestra Cultura Local.

A través de 4 programas grabados en nuestro municipio, Radio UNAM difunde a través de su serie “Alma de Concreto” la cultura de nuestro pueblo.. Durante el mes de diciembre, el productor de la serie, Noé Cordero, visitó la cabecera municipal y la comunidad de Miguel López, en dónde grabó a tres proyectos locales: Los Soneros del Tesechoacán (en la foto), De Playa Son y Son del Mulato, este último formado por jóvenes del Centro Cultural Comunitario “El Mulato”.

Durante su estadía en nuestra tierra, Noé Cordero conoció el trabajo de recuperación del Son que acá se hace y, además, grabó a otro proyecto más de enseñanza del Son Jarocho, Los Soneros de Calamaní, Músicos originarios de Argentina y Colombia que, de visita en Playa Vicente, mostraron el trabajo que en Buenos Aires realizan con nuestra música.


Estos programas pueden ser oídos vía Internet, los domingos a partir de las 11 de la noche a través de Radio UNAM (http://www.radiounam.unam.mx/site/wmpam.html) Te invitamos a que los escuches.

martes, 16 de noviembre de 2010

EL Movimiento del Son Jarocho



A poco más de 30 años de que iniciara lo que hoy llamamos “Movimiento Jaranero”, desde nuestro punto de vista, va siendo hora de no sólo hacer un repaso de lo sucedido sino, más bien, una revisión crítica de lo que, en el transcurrir de este tiempo pasó, lo que está sucediendo y por donde creemos nosotros, desde el Tesechoacán, que podemos seguir caminando.
Si leemos o si oímos las diversas publicaciones, entrevistas y programas de radio que cotidianamente salen en diversos medios, el panorama sería alentador: desde ahí nos dicen –muy seguido por cierto- que nuestro movimiento cultural es no sólo “exitoso”, si no que además es un ejemplo de recuperación que trasciende ya nuestras fronteras nacionales. Y en muchos sentidos es cierto, la difusión lograda, la apertura de espacios antes cerrados a la música tradicional y un largo etcétera de avances marcan una tradición revitalizada, con una muy marcada creatividad y una búsqueda constante de nuevos sonidos. Esta búsqueda es sin lugar a dudas la constante que hoy define de manera clara el caminar del llamado “Movimiento Jaranero”.
Indiscutiblemente, la vitalidad del son hoy es muy grande, día a día vemos el surgimiento de grupos, la apertura de espacios, la creación de discos y la publicación de ensayos, tesis, y un largo etcétera de formatos de publicación y difusión del conocimiento. Vemos también, cada vez más, anunciadas pláticas, ponencias y mesas de discusión. Material en todo tipo de medios llega a nosotros, páginas de internet, foros de correo electrónico, documentales en video y un sinfín de información fluye mostrando un universo de acciones sociales, realizadas a través de grupos o personas y encaminadas a la difusión de nuestra tradición. Talleres en Buenos Aires, presentaciones en Francia, grupos en Los Ángeles no son ya novedad, el son, se dice por ahí, “llegó para quedarse”. A algunos, esta afirmación alegre, más que sólo gusto (que si nos da) nos plantea interrogantes: ¿llegó para quedarse realmente?, si la respuesta es sí, entonces la pregunta se vuelve ¿dónde? Porque casi todo lo mencionado principalmente sucede en las ciudades.

LOS INICIOS DEL MOVIMIENTO JARANERO.

Al inicio de este proceso de recuperación de nuestra tradición, la preocupación se centraba en recordar, junto con los viejos soneros, las maneras antiguas de tocar y, en la medida de lo posible, salvaguardar el fandango como espacio de reunión festiva y expresión comunitaria. El trabajo de algunos personajes y grupos de aquel entonces por revitalizar el fandango ranchero, a través de campamentos en comunidades, dio la pauta para crear la manera de trabajar que aun hoy conservamos: los talleres de fandango, en los que la enseñanza dirigida del zapateado, la música y la versada tradicional son el eje transmisor del conocimiento. Ante la falta de fandangos periódicos como antaño sucedía, estos dejaban de ser la escuela del nuevo músico, más no abandonaban su finalidad integradora a nivel comunitario.
Alrededor de estos intentos, fuera y dentro de nuestro estado, una serie de redes se tejía para apuntalar el auge de la recuperación del Son Jarocho Tradicional. El interés de las radios educativas en transmitir la música y fomentar el encuentro de jaraneros de Tlacotalpan, primero, y la creación del instituto de cultura del estado después, apuntalaron en buena medida el crecimiento de estos procesos de recuperación, ya que no sólo ayudaron a que se recobrara y trascendiera fronteras el gusto por nuestra música, en el caso de la radio, sino que también se dio apoyo institucional a esfuerzos ciudadanos, a través de financiamiento para talleres, encuentros y proyectos de investigación y registro en campo . En este momento, la participación en los procesos de la Unidad de Culturas Populares de Acayúcan fue también muy importante, sobre todo en lo que tenía que ver con procesos de recuperación en el sur del estado.
Para fines de los años 80, el autodenominado “movimiento jaranero” se notaba fuerte y en su principal escaparate, el Encuentro Nacional de Jaraneros de Tlacotalpan, la música y la convivencia entre músicos de diversas partes del estado nos mostraba una riqueza que desconocíamos y que, principalmente por el auge de la música despectivamente llamada de “marisquería”, había quedado relegada a segundo plano. Era esa la idea que animaba al movimiento en aquel entonces: recuperar lo perdido y devolverlo a sus legítimos dueños, la población del área jarocha de nuestro estado. Era también en buena parte, un movimiento o, mejor dicho, una serie de acciones individuales motivadas por un fin común: recuperar la riqueza del son y eliminar el estereotipo del jarocho de blanco que durante años prevaleció, regresándole en cierto sentido la oportunidad de participar a la gente, ya no como meros observadores, sino intentando un papel más activo. El gusto por la música tradicional comenzó a crecer entre la población nuevamente.
Con la imagen del Encuentro Nacional de Jaraneros de Tlacotalpan en mente, proliferaron los encuentros por toda la geografía jarocha. En regiones en las que el fandango había perdido casi por completo su presencia, la realización de encuentros de jaraneros fue el detonante para el crecimiento de la música local. Reconocidos, aunque sólo fuera por unos días, los músicos tradicionales se volvieron a considerar valiosos por todos. Sus afinaciones, estilos, versadas y formas de ser o comportarse en el fandango fueron el pié para la reconstrucción del fandango tradicional y, sobre todo, para la conservación en diversas formas y medios que van desde la memoria propia hasta el registro en grabaciones y escritos de todo tipo. El músico jarocho del rancho, que en aquel tiempo era visto como de menos “categoría” que otros músicos (incluso hasta en sus familias), comenzó a tomar conciencia de su papel como continuador de una tradición. Sólo a manera de hipótesis, yo pienso que a esto ayudó en mucho el continuo discurso de todos los pocos grupos de aquel entonces, centrado en la diferenciación del músico jarocho de blanco, e incluso considerándolo de menor calidad que el músico tradicional ranchero. Este discurso, repetido encuentro tras encuentro y a través de los medios de difusión cultural, se volvió la nueva verdad del son, por así decirle, devolviéndole al fandango tradicional su estatus de fiesta auténtica.
Aunado a ello, el surgimiento de nuevos grupos en Veracruz, sobre todo en el sur del estado, marca un hito en la historia de la música tradicional veracruzana de fin de siglo pasado pues, agregándole a la música sonidos y un dominio escénico bastante aceptable, vuelven el son tradicional de antaño un producto más entendible al oído no acostumbrado a la música del campo. Comienzan a generarse nuevos estilos, principalmente a través de grupos de jóvenes que, emanados de la tradición y conociéndola muy a fondo por ser parte de su cotidianeidad, comienzan a proponer variantes, arreglos y un largo etcétera de propuestas musicales y, sobre todo, se crea una especie de conciencia colectiva jarocha, por así llamarle, que entre los jóvenes se entiende como una manera contestataria de ser, una forma de canalizar la energía a través del baile y de libertad de expresión a través del verso.
Con esa “conciencia colectiva” ya bien cimentada, la música jarocha llega en forma a las ciudades, principalmente a la ciudad de México, y ahí sienta sus reales. Aunque desde hacía años algunos grupos ya eran conocidos, las nuevas propuestas o estilos que llegaban, la facilidad de su ejecución, la belleza simple de sus versos, el “sabor a rancho” de la plática de los viejos sonaban frescos en medio de la vorágine citadina. Los talleres y encuentros comenzaron también a ser más periódicos y el son a volverse vehículo de expresión popular en las ciudades. Comienza entonces algo que yo llamo la “masificación” del son en la ciudad y con ella la invasión de espacios tradicionales en Veracruz de músicos de muchas latitudes, atraídos siempre por la figura de algún músico tradicional de rancho.

EL CAMBIO DE LA TRADICION DURANTE LOS AÑOS 90.

Cuando todo apuntaba a una recuperación efectiva de la tradición en su vertiente de campo, el son se volvió moda. Los años 90 están marcados por el crecimiento del son en su rama de escenario, más ligada a la actividad comercial. La aparición de discos se vuelve algo más cotidiano, las giras internacionales de los grupos llaman aun más la atención pues muestran, claramente, que el son jarocho no es sólo una música de rancho, sino que puede estar en cualquier escenario del mundo, pero sobre todo, muestran que la capacidad de innovación en los arreglos, la creación de nuevos sones y la mezcla con otras músicas puede ser vehículo para acceder a espacios que antes ni por sueño teníamos.
Son también estos años, época de mucha investigación acerca de los orígenes de la música. Centrados en mucho en la negritud del son, las investigaciones buscan encontrar los hilos conductores de nuestra música desde su más remoto pasado, su relación con otros géneros y, en materia de registro de música en campo, los vestigios de este pasado que se asume olvidado entre la colectividad. Esto da aun más pié a la búsqueda de sonidos, mezclas e instrumentaciones que “recreen” ese pasado de nuestra música y abonen a su mejor ejecución, desde el punto de vista técnico musical.
Si bien el crecimiento de grupos exitosos, comercialmente, estuvo muchas veces aunado a esfuerzos de enseñanza serios, que buscaban no sólo la difusión a todos niveles, sino que creían también mucho en la parte comunitaria, no todos tuvieron la suficiente continuidad para seguir en ese camino y, a pesar de seguir en la parte escénica con nuevas agrupaciones, empezó a privilegiarse el trabajo de escenario, sobre todo como un medio de subsistencia. Desde nuestra óptica esto obedeció, sobre todo, a que la “bonanza” de fines de los 80 y principios de los 90 en materia de apoyos institucionales creó la percepción de que se podía apuntalar el crecimiento del son y su promoción cultural, dedicando todo el tiempo a la creación de talleres. En pocas palabras, se volvió un medio de vida el son, buscando siempre el mantenerse en actividad permanente y, sobre todo, teniendo un ingreso económico que crecía en proporción al éxito comercial o de público seguidor de los proyectos, impulsados con apoyo de las instituciones.
Es en este momento de mayor crecimiento cuando, según nuestra opinión, el son comienza su proceso de mayor transformación, en todos los sentidos, alejándose de su origen y, en buena medida, dejando de lado incluso su carácter comunitario y volviéndose una empresa cultural, más que un movimiento, que nunca llegó a serlo del todo. Es también el momento en que la apuesta institucional abandona la promoción cultural y comienza el apoyo de proyectos creativos que busquen la puesta en escena de representaciones del son, privilegiando la mezcla o la fusión con otras músicas, obedeciendo más que nada a intereses de carácter meramente folclorista y, en buena medida, mercantilista. Es ahí cuando se crea el nuevo estereotipo de jarocho que hoy domina el panorama. A fin de cuentas, lo logrado hasta el momento se resumiría en que, logramos acabar con el jarocho de blanco de antaño, dicharachero y vacilador, sustituyéndolo por un nuevo jarocho, con un discurso revolucionario, pero muy pendiente de ganar los mercados y ajustarse a ellos y sus requerimientos. Cambiamos la guayabera blanca por la camisa de manta, el vestido de holanes blancos por la falda colorida y las puntas bordadas y el sombrero jarocho por el panamá de ala corta. Esto hablando sólo de la ropa, en cuestión de música la percusión abandonó la tarima colectiva y saltó a los cajones peruanos o las bailarinas solitarias del escenario; la espontaneidad del fandango se suplantó por el arreglo y la riqueza de ritmos y estilos comenzó a desaparecer para dejar su lugar a la adopción del estilo en boga, casi siempre dictado por el grupo de moda o el “tallerista del momento”.
La proliferación de encuentros y foros fomentó también en mucho que, dejando de lado el fandango, los grupos se concentraran en los doce minutos de gloria que el escenario provee y el fandango empezara a ser un espacio para los principiantes, uno que otro viejo jaranero y los más aferrados a la tradición que, a fin de cuentas, son los que más extrañan ese gusto de tocar en el semi anonimato de la tarima. El intercambio de conocimiento entre músicos de diversas regiones perdió su sentido práctico y, ante la universalización del tono para tocar, se hizo obsoleta la necesidad de acercarse al otro, como no sea para intercambiar correos electrónicos o páginas de promoción de alguno de los grupos. Los “grandes grupos” tomaron distancia de su “público” y comenzó la franca comercialización que el son vive en la actualidad

LO QUE HEMOS LOGRADO CONSERVAR.

Contrario a todo lo que arriba señalo, se podría alegar que la viveza del fandango de rancho en los Tuxtlas o la sierra de Soteapan, por poner dos ejemplos, es muestra de esa recuperación que ha tenido el son a todos niveles; aunque es también innegable que en ambos lugares los mismos músicos coinciden en que nunca vieron del todo amenazada la continuidad del son y la tradición en ellos y que no fue sino hasta la llegada del “movimiento” a sus regiones –casi siempre vestido de “investigador” o nuevos músicos de ciudad- cuando se empiezan a perder algunos valores intrínsecos del fandango, sobre todo el hoy más devaluado de ellos: el respeto al músico de mayor edad.
Otra parte del fandango tradicional que merece un tratamiento aparte es la referente a la recuperación de algunas de sus manifestaciones no musicales, sobre todo en materia de la construcción de instrumentos que, hoy por hoy, vive un desarrollo importante. Hace apenas 20 años encontrar lauderos tradicionales jarochos era tarea difícil, ya no digamos encontrar buenos constructores. Hoy día esta parte de la crisis que vivió el son de rancho ha sido superada, encontramos instrumentos de muy buena manufactura en casi todos los municipios del sur del estado y en áreas urbanas de Veracruz, Oaxaca, Distrito Federal, por poner algunos ejemplos, e incluso fuera del país.
Aunado a ello y a pesar de la “moda” del son jarocho, el ímpetu original del son logró cuajar entre algunos que, preocupados por la recuperación de la música en su lugar de origen, procuraron no sólo servirse del escenario como fuente de financiamiento, sino que no dejaron, aun en las peores épocas de crisis y falta de trabajo, de continuar con esfuerzos de revaloración y conservación de la música en comunidades. Regresando en buena medida al campo, muchos hemos vuelto los ojos a la comunidad, de la cual en la realidad nunca salimos, y hemos intentado continuar ese proceso de recuperación que se había truncado en los pueblos, a pesar de su auge en las ciudades. Los “viejos”, como se ha dado en llamar al músico tradicional ahora, se sintieron desplazados y, por los cambios en la música, perdieron en buena medida su identificación con el “movimiento” jaranero. Los programas de radio, antaño seguidos por la mayoría comenzaron también a dar preferencia a la “nueva música” jarocha que, para la gente de acá de los pueblos de Veracruz, dejó de sonar como son y se volvió música meramente, como la cumbia o la quebradita.



El son hoy es más un movimiento urbano que tradicional. Si volteamos a ver el encuentro de jaraneros de Tlacotalpan con detenimiento, por ejemplo el de este año, notaremos que la presencia de grupos de son de comunidades es mínima, sólo 8 de 75 grupos participantes proviene de una comunidad o una población semi urbana. Pensando en los demás, 9 de ellos provienen de Ciudades fuera del estado, 1 de fuera del país y el resto se divide en provenientes de ciudades medias como Orizaba, Córdoba, Coatzacoalcos, Jalapa, Veracruz o sus zonas conurbadas o de influencia. Nos guste o no, el son se desconecta cada vez más de su entorno, que es el que le da corpus a su esencia de música relacionada al medio y la vida comunitaria, y se incorpora a espacios urbanos ajenos hasta hace poco. Eso que al inicio parecía promisorio, por las oportunidades de llevar la música de rancho a otros espacios, se ha vuelto en nuestra contra, el son tradicional desaparece, lento pero seguro, y en las comunidades hoy prevalece más el gusto por el “pasito” duranguense que por el son jarocho.
La apuesta institucional, aquella que apuntalara los primeros esfuerzos comunitarios, hoy nos pide partituras, composiciones nuevas, o la integración de nuevas orquestaciones a la música; pero nos niega la capacitación del músico tradicional en campo. Hoy nos proponen hacer de nuestra música y tradición “Patrimonio Intangible de la Humanidad”, pero se invierte en espectáculos de teatro que, más que reflejar al son lo caricaturizan desde nuestro punto de vista. “Jarocho”, la máxima apuesta institucional al son en Veracruz, nos recupera la vestimenta blanca, el baile de equilibrios con vasos en la cabeza y, una vez más, hace regresar el estereotipo jarocho de los años 40, volviéndolo a alejar de la población que le da sustento.
El grueso de la investigación del son jarocho se queda también en las ciudades, los programas de radio muchas veces no son oídos acá y la televisión que muestra los documentales realizados o los programas especiales no llega al rancho. Pocos son los esfuerzos serios por revalorar y difundir lo que se hace. El “movimiento”, que nació como algo contrario al mercado y los medios de comunicación masiva, hoy ha sido cooptado en buena medida por ellos, amoldándolo a patrones comerciales, desvinculándolo de su raíz y privilegiando la forma al fondo. Asistimos, desde acá, más que al resurgimiento, a la desaparición del son jarocho como canto popular y volvemos a hacer lo que antes criticamos: un estereotipo folclorista de nuestras tradiciones.
Pero sin embargo se mueve, como dijo Galileo. La resistencia a la absorción del mercado continúa en algunos lugares y el son, sin apoyos de ningún tipo, se vuelve nuevamente espacio popular en las rancherías de Sotavento. Semi desligado de escenarios y reflectores, los trabajos por hacerlo renacer en el gusto realmente popular, la difusión de materiales en rancherías, la proyección de documentales y programas en espacios públicos, las radios comunitarias y las publicaciones periódicas son ahora los vehículos de acercamiento a la gente. El formato del taller de aprendizaje continúa vigente y se agregan actividades no del todo ligadas al son pero si a la cultura tradicional jarocha. El orgullo por ser músico nuevamente vuelve y la recuperación de afinaciones, formas y estilos propios de cada región es revalorada como forma de conocimiento más amplio de lo que antaño fue la música.
El fandango, como lo conocieron nuestros abuelos, seguramente no volverá, más sin embargo su reconstrucción y la recuperación del espacio rural continuará hasta lograr, como en San Andrés Tuxtla, que los encuentros no necesiten nada más que músicos locales. El modelo de encuentro tiende a cambiar también, pasando de sesiones maratónicas de grupos a presentaciones más largas y con menos participantes; la recuperación del diálogo ahora busca a regiones distantes que, ligadas por el parentesco musical del son de todo el país, nos ayuden a recuperar también las vías de comunicación intercultural que antaño se dieron y que enriquecieron nuestra música. Más que buscar afuera, la búsqueda es ahora interior y luchamos, aunque parezca extraño, contra la corriente “innovadora del son” que, a oídos nuestros, no suena ya a música jarocha, pero que sin embargo es hoy por hoy la que domina el panorama cultural, con sus excelentes salvedades.
El son jarocho tradicional, al inicio de los esfuerzos de recuperación, definitivamente volvió de su casi aniquilación, el contrasentido es ahora que, en aras de adecuarlo a las nuevas circunstancias mundiales, estamos acabándolo nosotros mismos, privilegiando sólo el arreglo o la composición y despreciando en buena medida el conocimiento tradicional, del cual nos decimos “herederos”. Más que árbol que florece, somos una enredadera que, agarrada al árbol original de la tradición, comienza a asfixiarlo hasta morir. Creemos también que aun estamos en buen tiempo de detener esa aniquilación, aun quedan muchos soneros mayores que guardan conocimientos valiosos que pueden ser utilizados, aun es tiempo también de refundar estas acciones colectivas y, de una vez por todas, darle carácter verdadero de movimiento cultural a estos procesos de recuperación. Es hora ya también de dejar la autocomplacencia de decirnos ejemplo de la manera de volver a las tradiciones y centrarnos en el trabajo serio de revaloración de lo hecho, que no ha sido poco, y ponerlo realmente al alcance de la población, es tiempo, a fin de cuentas, de decidir si somos una moda pasajera más, algo así como la “chúnchaca ilustrada”, o si en realidad buscamos motivar un cambio sustancial en la manera de ver y hacer las cosas en este país.
Para muchos, afortunadamente, esta es la labor que nos ocupa, una labor de reeducación cultural que nos ayude a discernir bien que partes de nuestra cultura están aun en riesgo y, con la experiencia de lo visto a lo largo de los últimos 30 años, encontrar el modo de recuperarlas y actualizarlas sin destruirlas. La realidad de nuestros niños en los ranchos, la mayoría separados de uno o ambos de sus padres por la migración, creciendo con sus abuelos y educados por la televisión abierta, no es la de las guacamayas que no vieron nunca, ni la de las selvas que sólo se medio dibujan en la plática de los mayores; su realidad tiene más que ver con pobreza y falta de oportunidades en la vida, el son puede ser una vía no sólo de esparcimiento, si no de conocimiento e incluso de apoyo económico alternativo en estas épocas de crisis, tal como ya sucede en algunos casos. La cuestión está en que entendamos que no se le debe desvincular del pasado, lo que no quiere decir que esté reñido con la innovación. A veces parece y otras me temo sea cierto, que la mayoría de la gente involucrada en el mal llamado “movimiento” jaranero no toma conciencia real de que el son en sí no es la cultura jarocha que decimos representar, sino que esta se compone de un cúmulo de experiencias, formas de aprovechamiento del medio y su relación con él y que, a final de cuentas, es resultado de ella y, para acabarla de chingar, su representación ante el resto de nuestro mundo. Acabar desligándonos casi por completo del son, nos parece, sería el peor y menos deseado de los resultados de este proceso ya tan largo, pues resultaría a fin de cuentas, que estaríamos dejando el son reducido al recuerdo de una época pasada, una especie de pieza de museo disponible para ser observada y entendida a través de sesudos estudios, pero lejana e intocable para cualquiera.
Es difícil, cuando todo apunta a la comercialización de la música como única vía de salvación, perseverar en tocar a la manera antigua, es más difícil aún convencer a muchachos –llenos de imágenes televisivas de “éxito y modernidad”- de que el conservar vivo lo que todos desprecian es una mejor alternativa de vida, más sin embargo se puede lograr siempre hacer que al menos una persona cambie. Ese tal vez sea el reto que nuestros abuelos no lograron, convencernos de la importancia de la conservación de la música y su entorno, ellos antes como nosotros hoy, nos fuimos con la “finta” de la modernidad prometida, que sólo llego como forma de aprovechamiento de lo nuestro por otros, casi siempre ajenos a nuestra tierra y a nuestra idea. Ese es el reto que nosotros acá en los ranchos y poblaciones pequeñas enfrentamos, convencernos de que vamos por la vía equivocada nuevamente, que cambiamos sólo la forma pero no el fondo y que, a fuerza de no oír a los mayores, creímos que ya habíamos logrado superar la crisis mientras no sumíamos en otra peor.
Nosotros apostamos por otro lado, ya no apostamos a que se abran los medios, creamos los nuestros; ya no esperamos a que el gobierno nos legitime dando apoyos, sino legitimándonos en el apoyo popular, que obliga al otro a reconocerte y, de pasada, sirve para que se reconozca en nosotros. La nueva apuesta va en el camino de aprovechar al maestro sin negarlo una vez que hemos aprendido de él, sino teniéndolo siempre cerca como referente inmediato; camina también en entender las otras partes perdidas: la comida, el verso, la ropa, la visión comunitaria y un largo etcétera de cosas que debemos reconstruir si queremos de verdad recuperar nuestra cultura, aprovechando siempre lo que viene de fuera, pero poniéndolo a nuestro servicio como una vía de mejorar nosotros también. El nuevo movimiento, que comenzamos a plantear no desecha o se contrapone a lo moderno, sólo lo ve con cautela.
Si queremos pensar en una nueva música jarocha, creemos, se debe pensar primero en un nuevo jarocho, comprometido con su medio y su tradición no sólo de dicho, si no de hecho. Nosotros estamos intentándolo y estamos consientes que tal vez no lo veamos realizado del todo, sin embargo creemos que es necesario hacerlo y en esa vía vamos caminando.